Como todos los seres vivos, la Tierra tiene un alma y un cuerpo.
De su alma poco podemos decir, ya que si apenas conocemos la nuestra, difícilmente podamos saber algo de otras.
A juzgar por lo que Platón enseñaba, algo podemos deducir del alma de la Tierra, desde el momento en que ella se manifiesta en un cuerpo casi esfé-rico.
Decía Platón que la esfera era el más perfecto de los cuerpos geométricos, y que las formas vivas tendían hacia la esfera a medida que se iban perfeccionando.
Del cuerpo de la Tierra, en cambio, sí podemos hablar. Su gran cuerpo –comparado con el nuestro– goza en su dimensión de las mismas características que los humanos: nace, crece y muere.
En el ínterin, mientras vive, puede padecer enfermedades, cambiar de posición, sentirse bien de salud, dormir o estar despierto.
Así se comprenden mejor muchos fenómenos que, explicados tan solo bajo la lente científica, resultan fríos e ininteligibles.
Así cabe la posibilidad de dar una salida lógica a las muchas tradiciones que imperan sobre grandes diluvios, pavorosas glaciaciones, fenomenales deshielos...
Su-pongamos que la Tierra se enferma, y para remediar sus fiebres, se cubre de hielo para refrescarse; duerme y descansa bajo la fría capa que ella misma puede producir por el poder de su voluntad, hasta tanto el mal se subsane.
Entonces, comienzan los deshielos, devienen los diluvios... Los seres humanos, ajenos al proceso del planeta, solo viven los dramas de estos grandes cataclismos, y los registran a través de mitos perdurables que encierran profundos significados.


