
Los enigmas de la antigüedad actúan como armas de doble filo: por un lado fascinan con el encanto de lo desconocido y su carácter de posible panacea universal; por otro lado, algunos de estos Misterios ya fueron oscuros en la antigüedad, y lo son mucho más ahora, dada la carencia de verdaderos Maestros, cosa que acentúa el peligro de la ignorancia.
Estamos enfocando un antiguo concepto esotérico que merece “reconocerse” y merece ser recuperado tras el vaciado de contenido al que fue sometido.
El Vajarayana, haciendo mérito a la vieja cuna de la filosofía Búdica, va a predominar en Tibet y en Mongolia, pero también allí, fuera de los templos y de los secretos iniciáticos, terminará por arraigarse bajo aspectos populares y supersticiosos. Dado que el objetivo del Vajrayana era la liberación mediante fórmulas y prácticas mágicas (tantra: práctica), la acción propuesta originalmente como medio de liberación, fue luego reinterpretada como una energía cósmica que, al volcarse en el hombre, se expresaba en sus funciones eróticas.
Así, bajo el nombre genérico de “tantrismo” se fue infiltrando un “nuevo espíritu” tanto en el hinduísmo como en el budismo, a partir de los siglos VIII y IX, que llegó a desviar el sentido original de las anteriores creencias, ritos y prácticas.

