jueves, 24 de marzo de 2011

Melancolía I...Alberto Durero


Albrecht Durer (Alberto Durero) está considerado como uno de los artistas más misteriosos que ha dado la Historia.

Su obra Melancolía I es, probablemente, su pintura más representativa y al mismo tiempo, el ejemplo perfecto del simbolismo que aplicaba en cada uno de sus cuadros.

Una obra que ha sido largamente estudiada, interpretada y d
ebatida, y, curiosamente, ligada a las creencias masónicas a la que tantos grandes artistas estaban adscritos.

Durero fue el representante perfecto del renacentismo: como Leonardo da Vinci y tantos otros, este pintor alemán aglutinaba conocimientos de filosofía y alquimia, así como profundos estudios de los antiguos misterios de las cien
cias.

Quizás sea esta variedad de saberes, o quizás, lo misterioso y simbólico de toda su obra.

La cuestión es que Durero ha sido largamente debatido
y sus obras consideradas como ejemplos de los símbolos que los antiguos genios ocultaban en sus obras, dirigidos a sólo un selecto grupo de hombres instruidos en sus mismos conocimientos.

Su obra está cargada de títulos muy significativos y de pasado bíblico: “Adán y Eva”, “El prendimiento de Cristo”, “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, grabados muchos de ellos crípticos, pintados con una técnica depurada en blanco y negro, pero todos con elementos muy dispares dentro del propio cuadro, motivos que hacen que su interpretación sea muy compleja.


Melancolía I quiere representar, precisamente, los esfuerzos que constantemente debe hacer la raza humana para alcanzar la perfección a través del conocimiento de esos antiguos misterios.

En el cuadro, que vemos al final de este artículo, hay una figura protagonista, la de una figura sentada en posición pensativa y provista de unas enormes alas. A su alrededor los más extraños objetos: un perro hambriento al que se le ven los huesos, un reloj de arena, una balanza, una escalera, un cuchillo, u
n ángel, una esfera y a sus pies, los instrumentos de un carpintero.

Elementos todos ellos que no parecen tener nada en común, pero que unidos pueden tener un objetivo común.

¿cuál es entonces la interpretación correcta? la más pausible y que más validez tiene hoy día, es la de que Durero intentó representar en esa figu
ra a la de un gran genio, un pensador que intenta divinizarse (de ahí las alas) pero que por su rostro impotente, se ve incapaz de alcanzar esa luz que le dé el poder divino a pesar de que a su alrededor se encuentran todos lo que históricamente se han considerado como los símbolos necesarios para alcanzar el pleno conocimiento: los de los campos de las ciencias, las matemáticas o la filosofía, o símbolos como la escalera que pueden conducir hacia esa iluminación o la balanza hacia la justicia.

Pero lo que realmente ha despertado el interés de quienes gustan de descubrir símbolos secretos y teorías de mensajes ocultos, radica en el misterioso cuadro numérico que se ve por encima de su cabeza.



Curiosamente, ese cuadro es lo que se conocer como cuadrado mágico. Una especie de sudoku para genios que realmente no tiene nada de místico, sino que es un problema matemático magníficamente resuelto, eso sí.

Los cuadrados mágicos (lo que hoy podríamos conocer
como un sudoku básico) tienen la característica común de que la suma de todas las filas y columnas dan siempre el mismo resultado. Hasta ahí es lo que sería un sudoku, sólo que en éstos se utilizan los números del 1 al 9.

En los cuadrados mágicos puede ser cualquier numeración, pero además, las diagonales también dan el mismo resultado.

En el caso del cuadrado representado por Durero la genialidad llega un punto más allá, y es que él fue capaz de encontrar un cuadrado mágico que no sólo sumaba igual en horizontal, en vertical y en diagonal, sino que, si nos fijamos, además, la cuatro esquinas, sumadas, dan ese mismo resultado, pero también suman lo mismo los cuatro cuadrados del centro e incluso los cuadrados laterales y sus opuestos sumados entre sí también den el mismo resultado.

La suma de todos da 34.

Dando una vuelta de tuerca más, si nos fijamos, los dos cuadros de abajo, centrales, tienen los números 15 y 14, con los que Durero quiso representar el año en que hizo el cuadro, lo cual le añade una dificultad aún mayor, pues se debía de partir de esa fecha concreta para realizar el cuadrado mágico.


Ésto que parece tan simple está sólo al alcance de mentes muy privilegiadas, más cuando hablamos de un hecho ocurrido hace ya casi 500 años.

Estos cuadrados mágicos habían sido inventados casi 4.000 años antes por los egipcios, pero cabe el honor a Albert Durero y a su Melancolía I de ser el primer cuadro en Europa que incluía un cuadrado de este tipo, y por lo tanto, se ha considerado históricamente, como un cuadro con un valor simbólico sin precedentes.


Muchos autores a lo largo de la Historia se han referido
a Durero y a su cuadro: Gunther Grass, Thomas Mann, Jean Paul Sartre… y muchos otros han querido ver en él, al igual que en muchas obras de da Vinci o de Miguel Angel, entre otros, símbolos ocultos.

Lo único cierto y confirmado es que realmente, Melancolía I es la representación propia de un artista que vivía sumido en la melancolía,
en el querer pero no poder, de saber pero no alcanzar la plenitud.

Una alegoría a lo que la Humanidad podría alcanzar, pero a pesar de tener todos los medios a su alrededor, no puede disponer.


Un último apunte: el cuadro se encuentra expuesto en la Galería Nacional de Arte en Washington, y pertenece a la colección Rosenwald.



1 comentario:

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